Desperté envuelta entre tus brazos. Eso fue lo único que reconocí. No reconocí los muebles blancos al fondo de la recámara ni la ventana abierta de frente a la cama. Inmediatamente me di cuenta que ni siquiera estábamos en la ciudad, no sé como explicarlo, pero el aire no era el mismo.
Me incorporé dejando el paraíso a tu lado, intenté distinguir los recuerdos de mis fantasías, aquellas que había tenido por largos días. No pude. Cada instante que pasé a tu lado fueron sueños hechos realidad.
Miré fijamente por la ventana, pero allá no había nada, solo árboles y neblina. El día había amanecido tan frío que me dieron ganas de recostarme contigo. Sin embargo la sensación de sueño aún me acompañaba, pensé que si me acercaba a ti, te esfumarías dejándome el simple recuerdo de un sueño exquisito.
Tus ojos se abrieron y por intuición se cruzaron con los míos. Esa sonrisa que adoro se asomó entre tus labios y supe que todo había sido real. Caminé lentamente por la alfombra, cada paso parecía planeado, cada respiro y suspiro. Entré en la cama solo para regresar al paraíso. Solo para tenerte conmigo y poder disfrutar de tu aroma, Ese aroma! Aquel que llevaré en mi mente por el resto de mis días.
Jamás olvidaré aquellas palabras ni los suspiros que sellaron un pacto, aquel pacto de mutuo acuerdo y mutuo secreto.
Me alegras los días, gracias por eso.